El que está cruzando el río nació en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1972 y vive en Rosario desde 1990.
Es profesor y licenciado en Letras, y Doctor en Humanidades y Artes, con mención en Literatura. Colaboró con reseñas, notas y entrevistas en el periódico El Eslabón, el diario El ciudadano & su región, el diario digital Redacción Rosario, el suplemento "Señales" del diario La Capital, la revista Diario de Poesía y en la sección reseñas de
http://www.bazaramericano.com/.
Es uno de los responsables de Salón de Lectura, sección de escritores del banco sonoro
Sonidos de Rosario y seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (Córdoba, Editorial Recovecos, 2009).
Escribió
Letras de rock argentino. Género, estilos y transposiciones (1965-2008), Baja tensión (Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2012), Desaire (Bs. As., En Danza, 2014) y el inédito Locales y visitantes.

lunes, 3 de enero de 2011

Un poeta entre el olvido y una memoria de recordarlo todo. Sobre Poesía reunida: 1970-1976 de Jorge Isaías.

La aparición de Poesía reunida: 1970-1976 de Jorge Isaías, cuyo recorte temporal augura próximas entregas, resulta un hecho cultural de valor incuestionable. Recuperando parte de una vida de trabajo con la palabra poética, tanto en la escritura como en la edición y promoción de obras propias y ajenas, la reedición de sus primeros textos confirma al santafesino como uno de nuestros poetas perdurables y de mayor proyección nacional.
Las características del libro permiten diferentes maneras de abordarlo. Para los no iniciados en sus versos, su fruición puede llevarse adelante sin protocolos de lectura. Para quienes ya saben de su poesía, les será difícil no leer los poemas compilados a la luz de los mejores textos aparecidos poco después del periodo contemplado: Crónica gringa (1976) o Cartas australianas (1978). En ese caso, los apartados con los que se organiza el texto pueden considerarse los pasos hacia la construcción de una mitología personal, la que le ha dado a Isaías una voz propia, inconfundible, en el coro de voces de la poesía argentina.
Búsquedas tempranas
Tal vez muchos de esos lectores avisados adhieran a la siguiente constatación: no todos los poemas que escribe un buen poeta son buenos poemas. Seguramente la presente compilación priorizó testimoniar con cierta fidelidad el inicio de un proceso creativo que ya lleva varias décadas.
En la ingenuidad compositiva de un temprano romanticismo, como en las menos conocidas búsquedas experimentales, se podrán leer las marcas de una época, las demandas del presente que presionan la propia búsqueda y que van moldeando el oficio de poeta. Los títulos de cada uno de los libros o fragmentos compilados parecen comentar las vicisitudes de esa indagación: “La búsqueda incesante”, “Conatos de un vicio”, “Poemas a silbo y navajazo”.
En los primeros poemas de la serie, las imágenes isaianas emergen en contextos de escaso desarrollo, apoyados generalmente en estructuras anafóricas. En tono tremendista e hiperbólico (“en las noches cortadas brutalmente/ por el áspero ladrido de los perros”), que no descarta la nota efectista (“cuando el invierno llegue/ saqueando cementerios/ con sus numerosas lluvias/ de vidrios astillados”), se edifica un sujeto poético extremadamente sensible, que dice los tópicos que acompañarán por años al autor (la lluvia, las naturaleza rural, las estaciones, la memoria) y los temas fuertes de la época: la inocencia infantil (“a hacer andar a los niños/ defenderles la rápida inocencia/ sus restos de juguetes”), la alusión política (“o soñando que mañana/ la revolución va a despertarme/ sentada en medio de la pieza”), el vitalismo juvenilista (“A folgar muchachos”), la crítica a la rutina (“Reconozco: mis costumbres son burguesas”). El feísmo de las imágenes (“en el alquitrán negro del cielo”), un ethos humilde (“no soy más que un mediocre/ poeta de provincia”) y el humor —la comicidad revertida sobre sí mismo (“convertirnos en tipos melancólicos (...) gastados ejemplares salidos/ de algún tango...”)—, comienzan a esbozar el Isaías más conocido, el más celebrado, del que se alejan sus títulos más recientes, con producciones más despojadas y lacónicas, discutiblemente más felices.
Con el tercer libro incluido aparecen las sangrías, el uso agramatical de mayúsculas, la supresión de signos de puntuación, los neologismos, las fracturas sintácticas. Esos experimentos formales exhiben —resaltan— la artificiosidad de toda búsqueda compositiva, propia aun de las propuestas que se manifiestan como más sencillas y austeras. Considerado en retrospectiva, el poeta debía seguir buscando más lejos, hacia adentro y hacia atrás, hacia esa íntima distancia interpelante (“depositar entre mis dedos/ interrogantes urgidos de respuestas”).
Si Isaías tiene un estilo (temas y recursos característicos articulados desde una común parada enunciativa) se pueden rastrear en los primeros apartados las insinuaciones de una voz que se hace oír vigorosa en Oficios de Abdul, último libro compilado de la serie, para luego constatarse cómo se diluye a medida que nos internamos en la sección de los poemas aparecidos en publicaciones periódicas y plaquetas, a lo largo de todo el período elegido. Entre los paratextos (citas bibliográficas, dedicatorias, epígrafes, un acertado prólogo de Alma Maritano) que componen todo un cuadro de época del campo literario, en especial los epígrafes señalan las voces que en Isaías han dejado marca: César Vallejo, Juan Gelman, José Pedroni, Juan L. Ortiz. Al tiempo que da pruebas de la osadía imaginativa apoyada en esos maestros (“este octubrísimo llorar de las naranjas”, “qué fiera nos cerca el reverso/ de tanta entraña inútil e insurrecta!”), este libro testimonia sin duda la manera pasional e ingenuamente franca —sin distancia— con que el autor, con frecuencia, las ha asimilado, hecho propias.
Una mitología personal
En Isaías, como en Cesare Pavese, no puede escindirse la invención poética de la construcción de una mitología personal: “Cuando maté un pájaro/ de un hondazo certero,/ supe que iba a ser poeta”. La poesía del santafesino exuda la nostalgia radical del autoexiliado (de la lengua, de la tierra, de los suyos).
En términos biográficos, el joven pueblerino se aleja de su tierra natal y se radica para siempre en Rosario: “y yo me he quedado solo/ entre el olvido que tengo de mi pueblo/ y esta memoria feroz de recordarlo todo”. La ciudad es la que pone la distancia generadora de recuerdos (se ha comentado que en la presentación del libro el autor se despegó humorísticamente de la poesía regional argumentando que lo suyo era “poesía barrial”).
Desde sus mismos comienzos tematiza esa distancia, no tanto geográfica como existencial, a través de la infancia (“Desde mi ancha niñez/ poblada de altos barriletes/ y frutas maduradas”), como el país donde se fraguan los mitos.
Lejos de ser pensamiento prelógico, el mito es de naturaleza atemporal y por lo tanto resulta una vía de conocimiento aún vigente, conectada con el mundo de la infancia: “Esta es la parte que duele y me compete,/ que amo con entrañas y furias inexpertas,/ que rescato no exento de nostalgias,/ cuando el Otoño ha muerto sin clemencia”. No se trata de un constante retornar hacia el pasado más feliz: la potencia mitopoiética de la infancia transforma en eventos únicos y absolutos las sucesivas revelaciones de las cosas: “En esas calles cubiertas de malezas/ andaría yo 50 años faltando a mi memoria,/ porque aquellas gaviotas encima del arado/ y un abuelo gruñón con su tabaco/ eran ya mías de golpe y para siempre”. La infancia resulta así otra edad: lo arcaico y originario que precede y fundamenta los hechos acontecidos que se recuerdan.
Asimismo, los poemas exhiben la imposibilidad de reconciliar el mito con la historia. Y aunque esté claro que es utópico recuperar en su pureza la atmósfera de las primitivas experiencias infantiles, los personajes no evitan ese movimiento de retorno, como la única esperanza de alterar el destino personal: “¿Quién queda en las márgenes/ adustas por años y diatribas/ de mi pueblo anclado en el Otoño?” A través de la construcción de la mitología personal queda definido el sino particular de cada individuo, y en nuestro caso, de cada poeta. El libro de Isaías puede leerse como el derrotero de esa invención.

Publicado en Señales, de La Capital, el 2/1/11.

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