El que está cruzando el río nació en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1972 y vive en Rosario desde 1990.
Es profesor y licenciado en Letras, y Doctor en Humanidades y Artes, con mención en Literatura. Colaboró con reseñas, notas y entrevistas en el periódico El Eslabón, el diario El ciudadano & su región, el diario digital Redacción Rosario, el suplemento "Señales" del diario La Capital, la revista Diario de Poesía y en la sección reseñas de
http://www.bazaramericano.com/.
Es uno de los responsables de Salón de Lectura, sección de escritores del banco sonoro
Sonidos de Rosario y seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (Córdoba, Editorial Recovecos, 2009).
Escribió
Letras de rock argentino. Género, estilos y transposiciones (1965-2008), Baja tensión (Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2012), Desaire (Bs. As., En Danza, 2014) y el inédito Locales y visitantes.

sábado, 23 de octubre de 2010

Picardo, Osvaldo. Pasiones de la línea, Ediciones En Danza, Buenos Aires, 2008.


El subtítulo del último poemario de Osvaldo Picardo atribuye ficcionalmente la autoría de sus textos a Nicolás de Cusa, un teólogo y filósofo del siglo XV. Dicho artilugio, sin embargo, no funciona como una contraseña para iniciados: una nota final advierte al lector sobre los préstamos textuales en los que incurre la obra. Se debe más bien a que el poeta encuentra en su metáfora geométrica del círculo (“cómo se puede acercar a la verdad sin nunca alcanzarla completamente”) el modo en que la poesía puede ser considerada una herramienta epistémica.
Contrariando las pretensiones positivistas que entienden lo pático como un obstáculo que entorpece el conocimiento, la poesía asumiría su dimensión pasional, inevitable por su mismo origen humano, apetente. Pasiones de la línea alude entonces a la pasión poética –en el sentido de línea como verso- y a la pasión especulativa, fallida, inmanejable, pero por ello mismo siempre interpelante. De ahí su constancia, la duración de un sentimiento o afección que se convierte finalmente en pasión. Tanto de leer (“¿Qué leemos sin fin en el libro de otro?”) como de escribir (“Ni nueva ni vieja, en vano,/ la insistencia de nuestras bocas/ en cantar/ lo que no puede.”).
La obra se compone de tres partes. Las tres manifiestan el modo en que los epígrafes funcionan en poesía. No prueban la autoridad o validez de la propia voz, sino que dan testimonio de la verdad de la afección que provocaron otros textos. Si el primer apartado, “La máquina del mundo”, cita un fragmento de “De docta ignorancia” (“la máquina del mundo tiene, por decirlo así, su centro en todas partes y su circunferencia en ninguna…”), hace de diferentes objetos (unas ballenas, el océano, el cerebro, el viento, un pedazo de espejo) centros de indagación poética que irradian dosis imprevistas de ajenidad: “Tu cabeza ha descifrado, finalmente,/ la creciente distancia de lo que perdemos:”. Lo que sorprende de la factura de los poemas es la sensación de claridad, de facilidad con que los versos llevan adelante su especulación siempre paradójica. Parte de ello se debe a la adjetivación contundente, a las oportunas elecciones léxicas y a la composición de escenas mediante las cuales se puede pensar “alto” sin levantar la voz. Algo de esa calma se tematiza (“Que nada/ de esta calma es/ en verdad/ quietud”), e insiste en el segundo apartado, “Error de cálculo”, cuando se señala que “La lentitud no deja de ser un movimiento,/ un estar acá y allá, aunque nadie lo vea/ sino a través de la levedad de una imagen/ en el agua”. El poder irrealizante de la poesía se yergue con la fuerza de “las cosas mismas”, una misma contundencia que se testimonia en la tercera parte, “Lecturas y variaciones de la línea”, a través de diálogos con poemas ajenos que se volvieron espejo de la propia inaccesibilidad.

Publicado en Diario de Poesía, Buenos Aires-Rosario, n° 77, diciembre 2008 a marzo de 2009.

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