El que está cruzando el río nació en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1972 y vive en Rosario desde 1990.
Es profesor y licenciado en Letras, y Doctor en Humanidades y Artes, con mención en Literatura. Colaboró con reseñas, notas y entrevistas en el periódico El Eslabón, el diario El ciudadano & su región, el diario digital Redacción Rosario, el suplemento "Señales" del diario La Capital, la revista Diario de Poesía y en la sección reseñas de
http://www.bazaramericano.com/.
Es uno de los responsables de Salón de Lectura, sección de escritores del banco sonoro
Sonidos de Rosario y seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (Córdoba, Editorial Recovecos, 2009).
Escribió
Letras de rock argentino. Género, estilos y transposiciones (1965-2008), Baja tensión (Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2012), Desaire (Bs. As., En Danza, 2014) y el inédito Locales y visitantes.

lunes, 4 de octubre de 2010

Las formas del mundo real. Sobre Cuentos completos, de Abelardo Castillo.



A pesar de haber escrito cuentos de manera espaciada durante las últimas cinco décadas, Abelardo Castillo (San Pedro, 1935) suele ser considerado un referente generacional. Tal vez porque en sus textos gravitan ciertas mitologías que han perdido consenso literario, o porque se sigue recuperando su intervención durante los años 60 y 70, a través de sus legendarias revistas El Grillo de Papel, El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco. Una nueva reedición de sus cuentos prueba cómo una literatura que no renuncia a las obsesiones y pasiones de una época pasada puede, a fuerza de ambigüedad e incomodidad consigo misma, seguir latiendo con vigor y belleza.
Los mundos reales, título bajo el que Castillo reúne sus relatos desde 1972, traza líneas temáticas diversas: relaciones amorosas, regresos a la provincia natal, tabúes sociales, todas las formas de la violencia, tramas de aire policial, mundos extrañados por el sueño, el alcohol, la literatura o la locura. Si hay algo que logra cohesionarlas es la presencia de narradores permeables a las sonoridades del habla, no tanto las que provee su léxico característico como las que recrean los fraseos de su sintaxis coloquial. Narradores detrás de los cuales el mismo autor juega a aparecer y a desaparecer mediante alusiones a un escritor "nacional", oriundo de provincia, profesional, librado a su deriva existencial o a su pasión vitalista.
Al tiempo que tejen sus tramas precisas, los cuentos de Castillo buscan siempre la creación de una voz. En ese sentido, exhiben una deuda generacional que se emparienta a su vez con modalidades narrativas de la década del 30, aunque con Castillo el recurso parece exacerbarse: la voz va creando un espacio virtual en el que un mismo personaje puede fluctuar entre la primera, la segunda y la tercera persona, siendo parte de la interlocución o saliendo de ella como ajeno a ese diálogo más o menos visible que sostiene la historia que se cuenta. Esos cambios vertiginosos que pocas veces parecen meros tecnicismos extrañan la lectura, volviendo problemático el agenciamiento de la voz, haciendo de la ficción un campo de experimentación de la propia identidad y de los puntos de vista posibles.
Es recurrente la analogía entre hablar y escribir en estos textos que no dejan de autorreferirse. La frases se detienen y vuelve a tomar impulso, se corrigen o advierten su poca precisión, como si —al modo poético— esta prosa quisiera mostrarse con el ritmo y el sentimiento de su propio hacerse. En el cotejo entre las palabras y las cosas, pierden las primeras, que, aunque queridas y "mimadas", declaran no estar nunca a la altura de la experiencia. En esta idea descansaría la raigambre vitalista de esta literatura.
Desprolijidades o breves digresiones injustificadas para la economía del género se vuelven pertinentes para la edificación de una voz, que suele ser rememorante: para Castillo y sus narradores, recordar e imaginar actúan como sinónimos. Por ello, la tensión entre tiempo de la historia y tiempo de la escritura es otro elemento que desequilibra las certezas gnoseológicas del relato. Ese aire de espontaneidad se perfecciona paradójicamente con las correcciones y cambios que el autor realiza en sus textos, perceptibles con cada nueva reedición.
En un prólogo y dos posfacios, Castillo traza las líneas centrales de su cosmovisión poética: su preferencia por el cuento en desmedro de la novela, los difusos límites genéricos, su concepción del "compromiso literario", sus marcas generacionales, la relación arte-vida, su "ética de la forma".
En la prosa clara y fluida de Los mundos reales, suelen irrumpir breves fragmentos de un lirismo intempestivo que, apoyado en un tono hiperbólico, en general resulta feliz y coherente con el ethos mordaz, sarcástico e iconoclasta del narrador de turno. Esa misma coherencia de su estilo, probada en no menos de una decena de cuentos excelentes (entre otros, "Macabeo", "El cruce del Aqueronte" o "Volvedor"), logra amalgamar con eficacia sueño y vida diurna, ensoñación y lúcida conciencia, recuerdo y percepción, porque todas, según Castillo, son formas diversas del mundo real.

Publicado en "Señales", La Capital, 25/5/08. 

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