El que está cruzando el río nació en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1972 y vive en Rosario desde 1990.
Es profesor y licenciado en Letras, y Doctor en Humanidades y Artes, con mención en Literatura. Colaboró con reseñas, notas y entrevistas en el periódico El Eslabón, el diario El ciudadano & su región, el diario digital Redacción Rosario, el suplemento "Señales" del diario La Capital, la revista Diario de Poesía y en la sección reseñas de
http://www.bazaramericano.com/.
Es uno de los responsables de Salón de Lectura, sección de escritores del banco sonoro
Sonidos de Rosario y seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (Córdoba, Editorial Recovecos, 2009).
Escribió
Letras de rock argentino. Género, estilos y transposiciones (1965-2008), Baja tensión (Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2012), Desaire (Bs. As., En Danza, 2014) y el inédito Locales y visitantes.

sábado, 2 de octubre de 2010

Con la potencia del comic. Relatos. Hombres que no entienden nada, de Jorge Barroso. Editorial Muncipal de Rosario, Rosario, 2006, 270 páginas.

Como sucedió con algunos autores emblemáticos de nuestras letras, Jorge Barroso (Rufino, 1967) llegó a la literatura por desvío y desmesura. Lejos de ambicionar un destino de escritor, el arquitecto de profesión y dibujante desde tempranaedad esbozaba historietas propias, cuando la falta de trabajo se lo permitía.
Un día advirtió que los textos que acompañaban a las imágenes habían crecido desmesuradamente, cobrando vida propia. Algunos de esos textos, reescritos hasta hoy, integran “Hombres que no entienden nada”, el libro que se llevó el primer premio de la categoría Relato de ficción, en el Concurso
literario “Ciudad de Rosario” 2006.
Basta con leer las primeras páginas de la obra para entender que la anécdota del comienzo no responde meramente a una mitología de iniciación, sino que más bien reafi rma una de sus cualidades: la de aproximarse, a través de una prosa imaginativa y despojada, a la contundencia expresiva del cómic, su sintaxis detonante, su hiriente poder de afectación.
El libro está compuesto por más de una veintena de cuentos que se ocupan de las aventuras de Trompo, una cruza de animal sensible, “falso detective”, seguidor, “hampón de segunda” y “voyeur”, según sus propios devaneos mentales, por las calles de Fingión, una ciudad que evoca una Rosario moderna, la de los desplazamientos incesantes, que accede a las últimas tecnologías y se conecta con el globo (las historias suelen suceder en un aeropuerto, en una terminal fluvial, en algunos centros comerciales). Siempre bajo un trastrocamiento nominativo: a veces leve, para mantener cercana la referencia a la vez que se desliza la visión satírica o lúdica; a veces más radical, como parece el caso de Fingión, tal vez la forma sincrética de “fingir” y “región”: una ciudad de las apariencias.
Si bien el libro se estructura como un compilado de cuentos (breves narraciones autónomas), el entrecruzamiento de personajes, peripecias y topografías hace que dichos elementos adquieran cierto espesor dramático (psicológico, en el caso de Trompo, si se quiere) a medida que el texto avanza, carácter que sólo la narración de largo aliento puede imprimir, superando de este modo las necesidades estrictas del relato.
A grandes rasgos, el texto recurre a las convenciones del policial negro. Cierta epicidad picaresca caracteriza a sus personajes, que transgreden los límites de la legalidad para volver a transponerlos en sentido inverso en un abrir y cerrar de ojos, y que nunca exhiben todas sus cartas sobre la mesa.
De ahí la importancia otorgada a las descripciones y la atención puesta en la gestualidad y la estética de los personajes, que juegan a exhibirse y a leer en las apariencias ajenas una sombra de la razón que las mantiene en movimiento.
Hombres y mujeres se tienden celadas y elucubran estrategias que parecen no manifestarse nunca en su forma definitiva, en las que un mismo personaje puede alternar los roles de víctima y victimario. Pero no sólo se lleva la confusión entre bien y mal, clásico tenor ético del género, hacia límites irrisorios. Las tramas, que por convención genérica tienden a reducir lo azaroso, intensifican su arbitrariedad compositiva al punto casi de licuarlo.
La violencia verbal y el extremismo somático se manifiestan a través de cuerpos que sienten el mundo en su carnalidad. Los sentimientos y las ideas duelen. Los cuerpos se contorsionan y resoplan. Los gestos son enérgicos. Las miradas se clavan y las palabras aturden a los escuchas, mientras las onomatopeyas puntúan las acciones.
A la imagen clásica de la ciudad como jungla, se suma un rico bestiario que invade todo el libro: los hombres y mujeres devienen ardillas, osos, lobos, gorilas, elefantas y jirafas, para citar sólo algunos ejemplos de esa prolífica fauna urbana. Pero como si fueran imágenes mutantes surgidas de campos figurativos que se contagian entre sí, los cuerpos se vuelven máquinas y artefactos, y por lo tanto adquieren un sensorium tecnológico, o las máquinas adquieren apariencia animal: los colectivos parecen “ratones plateados y nerviosos” o los autos se asemejan a “cientos de cucarachas de colores”.
Personajes cultos y violentos alimentan sus propias fabulaciones con las ensoñaciones que propaga la cultura masiva. Los cuentos hacen pensar que esta última constituye la verdadera naturaleza urbana. Así, el Corto Maltés, Sandokan, el Zorro, Batman, Caperucita, los videojuegos, las revistas técnicas, moldean los imaginarios y los comportamientos, y despiertan opiniones en los personajes que se vuelven sobre la misma ficción. El candor, el sentimentalismo, la idealización, parecen respirar en esos hombres y mujeres desencantados, gracias a las historias maravillosas, a las historietas, a los libros de aventuras. Pareciera que sólo a través de la ficción logran atisbar la dimensión mágica del mundo. Embarcados en tales ensoñaciones, las tramas que protagonizan parecen volverse disparatadas, aunque, como asegura uno de los personajes, no se tornan más inverosímiles que la vida misma.
Publicado en "Señales", La Capital, 25/3/07.

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