El que está cruzando el río nació en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1972 y vive en Rosario desde 1990.
Es profesor y licenciado en Letras, y Doctor en Humanidades y Artes, con mención en Literatura. Colaboró con reseñas, notas y entrevistas en el periódico El Eslabón, el diario El ciudadano & su región, el diario digital Redacción Rosario, el suplemento "Señales" del diario La Capital, la revista Diario de Poesía y en la sección reseñas de
http://www.bazaramericano.com/.
Es uno de los responsables de Salón de Lectura, sección de escritores del banco sonoro
Sonidos de Rosario y seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (Córdoba, Editorial Recovecos, 2009).
Escribió
Letras de rock argentino. Género, estilos y transposiciones (1965-2008), Baja tensión (Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2012), Desaire (Bs. As., En Danza, 2014) y el inédito Locales y visitantes.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Una novela que se lee en sus fallas. Sobre Hombres de a caballo, de David Viñas.


La reedición de poetas y narradores nacionales se está haciendo un hecho cada vez más frecuente en nuestro medio. El fenómeno responde sin duda a la existencia de compradores con bolsillos más holgados y de ciertas condiciones favorables de enunciabilidad y recepción –airecillos de época- que podríamos tildar de ideológicas. Sin embargo, rumbeando por el costado estético-literario del asunto, tal vez no sólo se trate en este caso de un nuevo umbral de lectura que permite oír de un modo renovado a ciertas voces de antaño, sino más bien de que el público lector contemporáneo pueda encontrarse –o reencontrarse en muchos casos- con los textos que ruidosa o calladamente han configurado dicho umbral.
En ese sentido, Hombres de a caballo de David Viñas es ejemplar. Ganadora del premio Casa de las Américas en 1967, la novela supo representar el tipo de ficción que cumplía cabalmente con los imperativos de una época, al menos para un amplio sector del campo cultural. Sin embargo, hoy leído el libro se presta poco al reconocimiento socarrón de algunos tics del realismo comprometido o de cierto espíritu pretencioso que se hubiera propuesto iluminar, como en un gran lienzo, ciertos sectores gravitantes de nuestra vida social y política, en este caso el ejército. El mismo Viñas señala hoy, en alguna que otra entrevista, que la novela adolece de una visión liberal de las fuerzas militares, que aparecen en su texto desligadas de los grupos de poder económico; como si la novela fallara, epistemológicamente hablando, en el desentrañamiento de su accionar. Creemos de todos modos que es esa falla constitutiva de la novela la que hace todavía legibles sus cuatrocientas páginas.
Hombres de a caballo pone en juego un procedimiento narrativo que Viñas sabe manejar con destreza: la narración central, que se ocupa de la participación del capitán Emilio Godoy en el operativo militar Ayacucho, es minada por la obsesiva y recurrente aparición de relatos fragmentarios, en los que su vida pasada, junto con la de su familia de militares y la de los demás integrantes del operativo, socavan la aparente estabilidad del presente. La suerte familiar y del país confluyen así en una misma historia, donde padres, tíos y hermanos conviven con Yrigoyen, Uriburu, Perón o la revolución Libertadora.
Junto a la intercalación de relatos, se utilizan otros recursos que en Viñas ya son marcas de estilo. Los narradores y personajes practican el arte de la distracción: los primeros a través de las digresiones; los segundos a través de sus fallidos diálogos. De este modo el lenguaje jaquea todo el tiempo sus ilusiones referenciales y cualquier programa narrativo al que se preste. Por el mismo camino, la hybris enunciativa de Viñas, tan reconocible en sus entrevistas y disertaciones, aparece en los narradores de la novela, montonereando contra las rigideces del idioma y sus sentidos, cuando, para dar algunos ejemplos, desliza en los comienzos del texto una frase tan lúcida para leer el orden discursivo militar como “la ambigüedad es la mariconería de las palabras”, yuxtapone una conversación íntima con el nacimiento geográfico del río Paraná o disloca la sintaxis a través de su delirio hilarante: “Pelo, contrapelo, tiznado, barcino, mi mano, brillante, opaca. Era una geografía minúscula. A veces le pegaba puñetazos y se quedaba manso”.
El trabajo narrativo que despliega la novela convierte un ejercicio militar en la puesta tragicómica de un mundo en crisis, donde los caballos, la familia tradicional, el patrioterismo futbolero, la disciplina y los discursos de un general resultan ya obsoletos o muestran sus crecientes fisuras. Frente a un mundo que parece próximo a derrumbarse, el espíritu de cuerpo -la novela despliega una incansable fenomenología de lo corporal- se siente en peligro. Un enemigo común aparecerá entonces para darle solidez y cohesión: las guerrillas latinoamericanas. En ese sentido, la novela anticipa de alguna manera el futuro genocida de las fuerzas armadas, y el vocativo “Videla”, receptor de algunos relatos del texto, se vuelve harto sugerente.

Publicado en diario El ciudadano & la región, Rosario, 15 de mayo de 2006.

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