El que está cruzando el río nació en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1972 y vive en Rosario desde 1990.
Es profesor y licenciado en Letras, y Doctor en Humanidades y Artes, con mención en Literatura. Colaboró con reseñas, notas y entrevistas en el periódico El Eslabón, el diario El ciudadano & su región, el diario digital Redacción Rosario, el suplemento "Señales" del diario La Capital, la revista Diario de Poesía y en la sección reseñas de
http://www.bazaramericano.com/.
Es uno de los responsables de Salón de Lectura, sección de escritores del banco sonoro
Sonidos de Rosario y seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (Córdoba, Editorial Recovecos, 2009).
Escribió
Letras de rock argentino. Género, estilos y transposiciones (1965-2008), Baja tensión (Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2012), Desaire (Bs. As., En Danza, 2014) y el inédito Locales y visitantes.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Un novelista entre los clásicos. Novela. Pla, Roger: Intemperie. Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2009, 348 páginas.


El quiosquito vidriado de Corrientes y Córdoba los exhibe desde hace años, intercalados juguetonamente con otros títulos de la Editorial Municipal. Voluminosos, con la foto de su autor cubriendo íntegramente la tapa, se renuevan de manera esporádica en sus exhibidores. Pertenecen, aunque los mismos clientes ocasionales del local lo ignoren, a la colección Mayor, un nombre en el que resuena, además de la contundencia física de los ejemplares, la impronta canónica de la serie (algo así como los clásicos rosarinos). Aun con responsables diferentes –editores, compiladores y prologuistas cambiantes-, la colección ha establecido en los hechos, libro a libro, una suerte de patrón de calidad, que no defrauda a los lectores avisados. A todos sin distinción les otorga un plus junto con la obra inédita o difícil de conseguir: un estudio crítico, biográfico y bibliográfico, sobre el autor. De este modo, cada nueva aparición da cuenta del valor singular de una escritura como así también del estado actual de una cultura: qué y cómo se lee hoy y acá, qué dicen hoy esos textos, qué otras escrituras producen.
La recientemente aparecida Intemperie, del rosarino Roger Pla (1912-1982), incluye por primera vez a un narrador entre los autores publicados de la serie –hasta ahora todos poetas- y confirma las palabras del comienzo, igual que su interesante y extenso prólogo, al cuidado de Analía Capdevila, cuya lectura puede dejar para el final quien no desee atemperar la dificultad de recepción que propone la novela, ni su capacidad para generar sorpresa y satisfacción.
La obra fue escrita en Ramos Mejía, último lugar de residencia del autor, entre enero de 1966 y noviembre de 1969, y se presenta como su proyecto literario más ambicioso y audaz: “Intemperie es la obra total de Roger Pla, su novela monumental, la que buscaba desde hacía tantos años”, señala Capdevila. Publicada por primera vez en Argentina en 1973 –también aparecería en España poco después-, la quinta novela del rosarino no sólo habría contado con la valoración positiva de la crítica, sino también con el interés de un público que agotó todas sus ediciones.
Intemperie consta de siete partes, cada una de ellas nominada con un día de la semana y dividida a su vez en capítulos organizados en subcapítulos titulados. Una nota al pie aclara rápidamente que los días de la semana no señalan el “sentido cronológico” de la narración, decepcionando deliberadamente, aquí como en numerosos momentos del libro, las posibles expectativas del lector. Lo que seguramente evidencia esa tensión entre nombres y contenido es que la realidad presentificada en el relato se desentiende de las coordenadas de las que se vale la racionalidad instrumental.
Al lector le puede llevar unas cuantas páginas reconocer el hilo argumental que atraviesa esta novela polifónica: Diego Brull, un maduro profesor universitario y escritor fracasado, sigue por la calle a una muchacha atraído por su pulóver rojo. La aborda finalmente y comienza una relación amorosa que trastoca el mecanismo de su vida burguesa. La fascinación que ejerce sobre él el abrigo colorido, que lo conduce a su joven dueña, Amelia, y a su mundo marginal, responde, según las posteriores reflexiones del protagonista, a cierta vida autónoma de los objetos que parece desentenderse de los intereses, deseos e influencia del ex profesor. Todo el tratamiento que la obra hace de los objetos –se destaca el que merece una piedra, un escarabajo y un jardín- y de su percepción, parece enmarcarse en una reflexión mayor sobre “esta infinita, misteriosa” realidad y las posibilidades de su representación novelesca.
Como un exiliado, Brull comienza una nueva vida en la casa pobre de Amelia en Villa Luna. Actúa así como el pivote entre dos mundos, con sus propios personajes, rasgos culturales, cosmovisiones, sociolectos e inclusive lenguas diferentes. Sin embargo, los bloques yuxtapuestos con los que avanza la narración no responden a marcos sociotemporales claramente delimitados. Por el contrario, el pasado y el presente conviven, misturando, a veces línea a línea, códigos antipáticos, topografías y personajes alejados según la racionalidad y los modos de percepción convencionales. Se compone de esta manera la realidad como un gran friso que se descompone fácilmente si se le aplica un lente de aumento a alguno de sus detalles.
A través de Brull, se accede a los vidas de su amante Claudia, una escritora exitosa y esnob, su ex esposa Raquel, madre de sus hijos, su amigo Pablo, Martín, esposo de Claudia y amante de Clarisa. A través de Amelia ingresan en la historia narrada su amante Venancio, su padre Chumbita El lindo, el linyera Ursus, el singular Ulrico, el viejo Godoy, los dueños del hotel y de un bar de la zona, dos camioneros, un grupo de guerrilleros. Ambas redes se entrecruzan formando un amplio abanico de tipos sociales, que incluye a marginales como el vagabundo, el exiliado y el rebelde, como así también los roles más conformistas encarnados en el miembro y el súbdito.
La estructura de la novela, su misma dinámica narrativa, descansa en una poética de la totalidad que la misma novela pone en la conciencia de uno de los múltiples narradores del texto: “Todos (hombres y mujeres) al fin de cuentas van y vienen atentos a su propio juego, tejiendo y entretejiendo con sus pasos una trama de líneas que se cruzan y no es imposible mostrar los dibujos de esas tramas recortándose como un arabesco complicado y simple a la vez, o como un gran rompecabezas hecho de infinitos y sucesivos collages penetrados a veces los unos en los otros o acaso yuxtapuestos como enseñaron a hacerlo los pintores (...) Pero también se puede mostrar o dibujar o describir de algún modo experto y preciso el fondo de las conciencias que andan debajo de la trama que forman esos hechos”.
En perpetua mutación, la novela puede comenzar con la atmósfera fantástica en la que unos enanitos acróbatas muerden el cuerpo de los presentes, para convertirse poco después en las marcas escenográficas de un asado familiar o de una casa precaria. En un permanente vaivén entre hechos y fenómenos de conciencia, vigilia y sueño, pasado y presente –a veces separados por largos períodos temporales-, la lógica narrativa del libro hace que sus aserciones se pongan en constante entredicho: el tono melodramático de un personaje se desnuda en las palabras sarcásticas de otro, la tragicidad de un hecho muestra sus aristas banales, desdramatizadas e incluso ridículas, la metaforicidad de una línea se desdice humorísticamente con el sentido literal de las palabras: “Amelia vio la cara de Funes cantando, la mano entreabierta en el aire. Un fenómeno. Pero la cara se fraccionó de pronto en pedazos, seccionada por los dedos abiertos de la mano que se aplastaban contra la nariz chata, deformada. Además de cantor Funes había sido boxeador y tenía el tabique roto”.
Desde la historia política del país (conquista del desierto, resistencia peronista, esbozos de las guerrillas sesentistas, entre otros hechos) hasta la dimensión imaginaria y deseante de sus actores, Intemperie se propone captar la totalidad de una realidad que se abisma a cada paso, haciendo fracasar el intento. Como los buenos textos, sabe sostener con intensidad y convicción esa obstinación hasta el final, cuando los propósitos son olvidados felizmente por los entusiastas lectores de ficción.
Publicado en "Señales", La Capital, 15/11/09.

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