El que está cruzando el río nació en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1972 y vive en Rosario desde 1990.
Es profesor y licenciado en Letras, y Doctor en Humanidades y Artes, con mención en Literatura. Colaboró con reseñas, notas y entrevistas en el periódico El Eslabón, el diario El ciudadano & su región, el diario digital Redacción Rosario, el suplemento "Señales" del diario La Capital, la revista Diario de Poesía y en la sección reseñas de
http://www.bazaramericano.com/.
Es uno de los responsables de Salón de Lectura, sección de escritores del banco sonoro
Sonidos de Rosario y seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (Córdoba, Editorial Recovecos, 2009).
Escribió
Letras de rock argentino. Género, estilos y transposiciones (1965-2008), Baja tensión (Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2012), Desaire (Bs. As., En Danza, 2014) y el inédito Locales y visitantes.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Iluminaciones: el deseo del memorioso. Sobre Yo nunca te prometí la eternidad, de Tununa Mercado.

Un niño de seis años y su madre, una militante antifascista, huyen de los alemanes en la Francia del año 1940. El sorpresivo ataque de un avión los separa. Desde entonces, Sonia, una alemana judía de izquierdas, perseguida por los nazis y discriminada por los mismos franceses, buscará a su hijo perdido y a su esposo desencontrado.
Ésa es la breve historia que Pedro, uno de sus protagonistas, le da a conocer décadas después a la narradora, en una “reunión que por anodina no prometía sino que más bien quebraba cualquier expectativa de narración”.
El relato casi épico, que secretamente ofrece algunos puntos de contacto –la militancia, el éxodo, la pasión intelectual– con la propia suerte de la narradora, exiliada en México, ejerce en ella un influjo que, lejos de debilitarse, crecerá a partir de un nuevo suceso: Pedro le facilita el diario de viaje donde Sonia registró aquella aventura. Esa bitácora, hija de la prisa, las urgencias materiales y la angustia de esos días de éxodo, traza una escritura elíptica y sugerente, cuyos blancos no dejan de despertar voces en la narradora, quien inicia así una morosa y extensa “investigación”, que incluirá años de viajes, entrevistas, consulta de escritos y fotos familiares.
Yo nunca te prometí la eternidad narra la historia de esa busca, sin renegar de su poder referencial: “Siento satisfacción por haber encontrado esos nombres en el mapa de las carreteras de Francia”. Al mismo tiempo, se vale de un tono conjetural, interrogativo, que tiñe gran parte del relato, y con el que se manifiesta, a veces en forma explícita, la imposibilidad de reconstruir completamente los sucesos. De este modo, la obra establece una singular relación con el pasado, es decir, con la historia. Ni ella, definida de manera teleológica, es un a priori que hay que recuperar a partir de los documentos; ni el concepto de historia se diluye junto con el de representación, en pos de la autonomía estética de la obra. Yo nunca te prometí la eternidad hace visible los modos en que lo social se comunica y se simboliza culturalmente, volviendo engañosas, a través de un exquisito trabajo formal, las fronteras entre lo verídico y lo inventado, lo documental y lo ficticio.
Hay algo de compilador en la narradora: suma relatos, en su mayoría pertenecientes a géneros autobiográficos (diarios, cartas, memorias), que alimentan un reservorio de voces que se han propuesto la recuperación del tiempo perdido. Una pesquisa personal deviene búsqueda de una comunidad dispersa en el mundo, cuyos integrantes, en posiciones culturales e ideológicas diferentes, están dando sentido a su pasado, reciente o lejano. Acontece así esta suerte de reconocimiento de la historia, que no se basa en el peso de los acontecimientos sino en las prácticas de conocimiento y de narración que la identifican.
Asumiendo la diferencia entre realidad y referente, la ficción volcará sus decires sobre un mundo que es heterogéneo, como ella misma será heterogénea a toda otra ficción: “Cuando atravesaron esa última puerta de la ciudad, sin contar las otras que en el tiempo se fueron entremezclando, como se verá, según los diferentes relatos de la partida –de Sonia, de Jeanne, de Pedro–”.
La dicotomía referencia histórica-autonomía de la obra, que esta obra trasciende, implicaría la consideración de lo real y de la materia lingüística como consumados. Por el contrario, según esta novela, es la incompletud lo que caracteriza a toda representación. El relato se vuelve provisional, al saberse atravesado por las contingencias del lenguaje y de las cosas. Dicho carácter se tematiza en la obra a través de la dispersión de una comunidad por el mundo, del desfile de interlocutores y textos, que también se trasladan de un idioma a otro. Ese movimiento incesante manifiesta lo provisorio de los objetos, sugerido por el título mismo de la novela, aun de los nombres propios: Pedro es también Pierrot o Pierre; Sonia, Charlotte o Carlota. Fugacidad de la que no se puede sustraer ninguna vida, ni siquiera la de uno de los mayores pensadores de ese tiempo, Walter Benjamin, que aparece en el relato sufriendo un común destino trágico. Contra esa fugacidad se revelaría la literatura misma: “Esa consecuencia de escribir que es detener, plasmar, inmovilizando la materia que de otro modo volaría sin freno, desacoplada”.
En ese sentido, esta novela se vuelve militante, comprometida: “El deseo del memorioso” está “empecinado en volver inextinguible lo que ha logrado iluminar con la memoria”, a través del trabajo riguroso de la forma. Ese deseo, creemos, es el que alienta las páginas de esta novela.

Publicado en diario El ciudadano & la región, Rosario, 14 de noviembre de 2005.

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