El que está cruzando el río nació en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1972 y vive en Rosario desde 1990.
Es profesor y licenciado en Letras, y Doctor en Humanidades y Artes, con mención en Literatura. Colaboró con reseñas, notas y entrevistas en el periódico El Eslabón, el diario El ciudadano & su región, el diario digital Redacción Rosario, el suplemento "Señales" del diario La Capital, la revista Diario de Poesía y en la sección reseñas de
http://www.bazaramericano.com/.
Es uno de los responsables de Salón de Lectura, sección de escritores del banco sonoro
Sonidos de Rosario y seleccionó y prologó Imaginarios Comunes. Obra periodística de Fernando Toloza (Córdoba, Editorial Recovecos, 2009).
Escribió
Letras de rock argentino. Género, estilos y transposiciones (1965-2008), Baja tensión (Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2012), Desaire (Bs. As., En Danza, 2014) y el inédito Locales y visitantes.

lunes, 27 de septiembre de 2010

ENTREVISTA AL ESCRITOR ENRIQUE CARNÉ. “Si no abre grietas en su terreno, la literatura no es más que un discurso”

La ciudad ilegible (2009) de Enrique Carné compila las imágenes más fascinantes y menos complacientes que la escritura periodística haya podido dar en los últimos años sobre Rosario.
El libro de Carné ganó el primer premio del Concurso Literario “Ciudad de Rosario” 2008 en la categoría Relato de no ficción. En diálogo con Redacción Rosario, el autor reflexionó sobre el oficio de periodista y escritor y acerca de los problemas que plantea su libro recién editado.
—Tu libro reúne en su mayoría textos escritos durante la década menemista, época que en cierta medida le imprimió una fisonomía cultural a la ciudad que aún conserva. En la “Introducción expiatoria” del libro hablás del “lejano siglo XX”. ¿En qué sentido te resulta hoy tan lejano?
—Pese a que buena parte de nuestro presente es producto de los cambios perpetrados en la argentina durante los años 90 del siglo pasado, la distancia que yo por momentos experimento en relación a esa época me resulta astronómica. Y se me presentó de manera insidiosa, precisamente, al encarar la tarea de revisar textos periodísticos escritos durante esos años. Además algunas de esas notas tenían para mí la carga imaginaria de haber funcionado, retrospectivamente, como módicos espacios simbólicos de intervención y resistencia frente a cierto clima preponderante de época. En la revisión de ese material, sin embargo, esa suerte de plus de sentido que en su momento me había parecido uno de los soportes fuertes sobre el que sustentaban esos trabajos, se había esfumado; o lo que me parecía peor, había asumido un carácter del todo inocuo, como los componentes esenciales de ciertos productos químicos con fecha de vencimiento. Así, en la relectura, poco o nada parecía quedar de aquella apuesta, apenas el rastro muy vago en mi memoria de lo que hoy podríamos denominar ciertas pretensiones juveniles relacionadas al contexto de producción de dichos textos. En su mayoría me parecían demasiado “fechados”. Y despertaban en mí esa especie de prejuicio ideológico con que solemos juzgar determinados entusiasmos de nuestra juventud. Cuando en la introducción escribí “lejano siglo XX” es probable que estuviera pensando, confusamente, en estas cosas, bastante desorientado por el desfasaje temporal existente entre el momento del armado tentativo de lo que podría ser un libro, y el de producción de la mayoría de los textos que lo integrarían, que en algunos casos es de 12 o 15 años. Puesto en el trance de tener que recopilar escritos propios producidos en el pasado, no encontraba más que pálidos reflejos de una sensibilidad muy pegada a determinados tics y modulaciones de época, que me remitían todo el tiempo a cierto “programa estético” que me parecía caduco. En esta línea, dejándome arrastrar inconscientemente por la más burda de las supersticiones literarias, hacía la peor de las lecturas posibles, que consiste en juzgar la eficacia o no de un texto literario a partir de sus supuestas intenciones compositivas y condiciones de producción, etc. En el mejor de los casos la introducción que escribí es la dramatización remilgada de esa incertidumbre neurótica. Pero volvamos a tu pregunta concreta: ¿En qué sentido me resulta hoy tan lejano el siglo XX?
Digámoslo sencillamente así: es el tipo de lejanía que se produce en la mediana edad, cuando algunas de las circunstancias exteriores y públicas que enmarcaron nuestra experiencia individual comienzan a formar parte de las efemérides. Estoy pensando en algo que el historiador Eric Hobsbauwm señala con precisión en la introducción de la “Era del Imperio”. Cito textualmente: “En todos nosotros existe una zona de sombra entre la historia y la memoria; entre el pasado como registro generalizado, susceptible de examen relativamente desapasionado, y el pasado como una parte recordada o como trasfondo de la propia vida del individuo. La longitud de esa zona puede ser variable, así como la oscuridad y vaguedad que la caracterizan. Pero siempre existe esa especie de tierra de nadie en el tiempo”.
Para mí, que nací en 1961, el último tramo del siglo XX me remite a esa zona imprecisa. Me gusta pensar que algunos de los textos de La Ciudad ilegible pertenecen a esa región.
—Tu residencia en Buenos Aires por varios años y tu posterior regreso a la ciudad no parecen datos anecdóticos en o para el libro...
—Es posible que esas circunstancias hayan tenido un peso algo más que anecdótico en la construcción de cierta mirada sobre la ciudad que intenté registrar—no sé con qué fortuna—en algunas de las crónicas recopiladas en el libro. Sencillamente, viví fuera de Rosario desde el 82 hasta el 94, en Buenos Aires capital, pero también de manera itinerante en distintas localidades del Conurbano Bonaerense. Durante esos años, si bien solía viajar con frecuencia hacia acá, mi identidad cotidiana tenía otro anclaje. Esta experiencia no tuvo por cierto la escala traumática del desarraigo. Pero supongo que contribuyó a modificar mi propia percepción de la ciudad. Fue como si en algún momento mi visión de Rosario hubiera dejado de estar mediada por esa especie de imagen más bien rutinizada y fija, mezcla de familiaridad y pertenencia, con que solemos internalizar el lugar donde vivimos; y entrara en una zona incierta, contaminada de opacidad y extrañeza. Y esto se hizo más patente a mi regreso, cuando fui rearmando nuevamente mi vida acá, un poco como si estuviera en otra parte.
Hay una fascinación que es hija del desapego; y que comienza precisamente allí donde termina el color local y la percepción automatizada de lo que nos rodea. Pero esta clase de mirada —por supuesto— no está necesariamente atada a la figura retórica del “tipo que vuelve al pueblo natal después de larga ausencia”. En todo caso, se trata de una suerte de disposición anímica a dejarse afectar por determinados estímulos que dislocan nuestras rutinas, de la que nadie debería sentirse excluido a priori; y que tiene un inconmensurable horizonte de objetos y disparadores; desde ya, empezando por eso que denominamos, ambiciosamente, “la realidad”...
—En la introducción reivindicás el poder del anacronismo. ¿Lo considerás una de las vías por las que el periodismo puede tensionar o complejizar sus demandas de actualidad?
—Todo lo que contribuya a introducir cierta idea de distanciamiento y falibilidad respecto de los modelos industriales con que a diario los medios naturalizan determinada imagen de la realidad me parece legítimo.
A veces tengo la impresión desagradable de que, salvo honrosas excepciones, la mayoría del periodismo que actualmente proclama su pertenencia al campo de la progresía parece haberse desentendido, cómodamente, de esta verdad de perogrullo: que algunos de los presupuestos ideológicos más alienantes del funcionamiento mediático operan no a nivel de sus contenidos explícitos sino en el de la forma y el tratamiento que se les da. En esta época, una de las deserciones éticas más frecuentes en el trabajo periodístico es llegar a desentenderse, precisamente, del peso absolutamente ideológico con el que cargan, lo quieran o no, los discursos referenciales. Esta operación de borramiento me parece estratégicamente funcional a los marcos de pauperización laboral vigentes en las empresas de medios. Y ha contribuido a vaciar de sentido —¡como si ella misma estuviera afuera!— el estatuto de otros sistemas de mediación social, dando pie a uno de los mitos más perversos de las sociedades mediáticas: el mito del acceso directo a la realidad. “¡La voz de la propia gente!”, como diría un eslogan.
Por otra parte, desde que fue virtualmente monopolizada por las carreras de comunicación, la especialización de la práctica periodística ya no se piensa a partir de los parámetros que priorizaban el paradigma del periodismo gráfico y su alianza con las tradiciones narrativas propias de la cultura literaria. En los últimos años, el modelo dominante cambió de registro, y parece sustentarse en la figura del “comunicador”, especie de mediador domesticado entre la información como mercancía y su clientela.
Habría que preguntarse hasta qué punto los saberes y recetas que hoy sirven para operar profesionalmente en el campo de la comunicación no son estrictamente solidarios del esquema empresario basado en la precarización sistemática de las condiciones de trabajo, y su visión de la realidad no obedece a otra clase de demandas que la creada por ellos mismos. En este sentido, me parece que hay una especie de adocenado correlato estilístico que viene acompañando este proceso, atravesando géneros y registros, y que está muy presente también en buena parte del periodismo gráfico. Independientemente de la moral de los contenidos—que en algunos casos bien puede adscribir al ideario de las causas justas y estar cargado de buenas intenciones—, una de las marcas fuertes de este estilo es el tipo de relación que mantiene con el lenguaje, basada fundamentalmente en un desentendimiento ultra pragmático respecto de cualquier forma de complejidad entre el signo y el referente, por utilizar dos términos fetichizados por los propios gurúes comunicacionales.
Por cierto, en todos los discursos referenciales siempre es deseable llegar a cierta claridad enunciativa. ¡Pero sin sacrificar la complejidad de los hechos observados! En la actualidad, existe una presión editorial muy fuerte que parece ir en sentido contrario: se parte de una serie de definiciones muy escolares sobre las nociones de transparencia, concisión, coherencia y claridad narrativas; y desde allí se realiza el recorte sobre los hechos. Lo que en el lenguaje de un buen naturalista sería el resultado final de arduas operaciones de observación, para nuestros genios comunicacionales es el punto de partida. Paradójicamente, este tipo de “pensamiento” muy reaccionario y conservador hace tiempo que dejó de ser un atributo exclusivo de posiciones políticas convencionalmente identificadas con la derecha. También está presente de manera solapada y siniestra en el grueso del denominado periodismo de denuncia e investigación que se manufactura en los grandes medios, cuya mirada suele responder menos a una perspectiva de cruce, donde política y narrativa puedan comprometerse y potenciarse mutuamente, que a los afanes meramente profesionales de un denuncialismo que parece ajustarse fácilmente a los fines estrictamente pragmáticos del mercado informativo. Estoy hablando de líneas editoriales dominantes que funcionan como verdaderos dispositivos disciplinares del oficio periodístico. Y frente a las cuales es sin duda muy poco lo que –individualmente– pueden hacer los propios periodistas para desmarcarse. ¿Se entiende? Por supuesto, todas estas cosas resultan odiosas de decir, difíciles de enunciar, y pueden prestarse, además, a cierta confusión, haciendo pensar que se señalan desde alguna clase de alteridad superior e incontaminada. No es mi caso. Y estoy muy lejos de ser un “especialista”. Por el contrario, hablo más bien a partir de una posición que está muy debilitada, sin lugar de enunciación institucional, que si da cuenta de algo es apenas de mi propia experiencia en el oficio. Sencillamente, me resulta intratable un periodismo que se piense supuestamente crítico y que no comience por indagar sobre sus propios instrumentos de representación.
—Mientras los cronistas de tu libro leen la ciudad hacen uso de la literatura, de su saber literario, de múltiples formas, como si dijeran, frente a lo que observan, “¡la realidad debe ser más que esto!”. ¿Por esa razón la Rosario de La ciudad ilegible está poblada de fantasmas? ¿Te parece que ese saber o memoria literarios, encarnados en la conciencia y en la sensibilidad del que escribe, le impide volverse un objetivo profesional de la comunicación?
—Me gusta eso que señalás. Sin embargo, creo que el término “saber”, ligado a la literatura, puede asociarse a determinada concepción meramente formalista sobre la famosa especificidad de lo literario, que yo no comparto. Vos decís que los cronistas del libro “hacen uso de la literatura, de su saber literario”. Entiendo perfectamente lo que marcás. Pero permitíme dar un rodeo. Es verdad que el carácter del cronista que parece campear a lo largo del libro es el de un sujeto cuyo imaginario está evidentemente muy formateado por la cultura libresca y literaria. Ante todo parece un lector bastante entrenado, ¿no? Y su estilo es por momentos convencionalmente literario, a la manera de la tradición narrativa decimonónica. Además, ahí parece jugarse de manera oblicua su estrategia de tensión y distanciamiento respecto de los discursos sobre la actualidad, siempre al borde del anacronismo, como vos señalás. Pero si algunos elementos del paisaje urbano registrados por su mirada pueden adquirir —con suerte y en el mejor de los casos— cierta dimensión estética, espero que no sea a cambio de que se hayan transformado en objetos de una suerte de saber literario, sino más bien porque inviten a participar de una nueva clase de experiencia, de la que a veces la literatura —si los dioses son favorables— puede dar cuenta. En este sentido, más que la perspectiva de un saber determinado, lo literario ofrecería un modo distinto, singular, de ubicarse frente a toda una constelación de saberes y discursos que, precisamente, se disputan la representación de la “ciudad real”. Aunque a simple vista parezca contradictorio, esto habría que leerlo en sintonía con lo que decía sobre los medios. Es curioso como nuestra mirada urbana se organiza alrededor de una serie de relatos muy normalizados sobre la ciudad. La misma noción de lo social carga con ese lastre normativo: se trata de la perspectiva que permitiría ver las diferentes realidades emergentes sobre las que se recorta la vida de los habitantes de una “misma ciudad”; pero al mismo tiempo funciona como un modelo político fuerte de intervención y control de esas diferencias. Es para desmarcarse justamente de ese tipo de mediaciones muy naturalizadas, que reglan los modos de mirar y circular de los sujetos urbanos, estandarizándolos, cuando el cronista frente a lo que observa –como vos señalás– pareciera decir: “¡La realidad debe ser algo más!”.
Pero si esto puede ocurrir así –¡y ojalá ocurriera!–, es porque antes de cualquier presunción fue conmovido, tocado, por algo singular, una experiencia más bien marginal e incierta, y que tuvo como disparador una serie de detalles materiales menores, a partir de cuyo estímulo comienzan las peripecias reflexivas que aparecen por momentos en la escena del cronista de La ciudad ilegible. Me refiero al texto que da nombre al volumen y que funciona como el supuesto borrador de un proyecto frustrado: el del libro que el propio cronista hubiera deseado escribir –según nos informa– y no pudo.
Lo que quiero subrayar es lo siguiente: confrontar contra los saberes autorizados sobre la ciudad, desengancharse del registro de los estudios culturales, o reírse del culto al color local, no es el objetivo que el cronista de La ciudad ilegible persigue cuando a través de sus rodeos estilísticos y mentales intenta desvincularse de ellos. En todo caso, eso sería una suerte de efecto colateral, producto de una búsqueda que pasa por otro lado. Y ahí sí aparecería lo literario como un modo de interrogación propicio para reformular, a partir de ciertos detalles oblicuos y fragmentarios, que afectan la sensibilidad del que escribe, el sentido de esas totalizaciones fantasmáticas a partir de las cuales suele pensarse la ciudad...
—En textos como “Sobre fantasmas” o “Estación Non-fiction” la experiencia vital suele poner en entredicho esa mirada contaminada de literatura, a veces con efectos humorísticos...
—Breve y concisamente, me parece que acabás de decir lo que a mí en la pregunta anterior me llevó más de cincuenta inútiles líneas tratar de explicar. Ojalá realmente funcione así como vos observás. Porque si no es capaz de abrir esas grietas en su propio terreno, la literatura no es más que un discurso entre otros. Un discurso miserable.
—Por la importancia que le das a la escritura. Vos mismo lo explicitás con el epígrafe de Monsiváis en el inicio del apartado “Notas”, y tu modo de enfocar la ciudad sin pintoresquismo, ¿te reconocés parte de un nuevo periodismo escrito en Rosario?
—En rigor de verdad, debería responder que sí: al de los desempleados.
—La resaca, los restos, los desperdicios son elementos que suelen recurrir en los textos. En uno de ellos, lo volvés una suerte de programa ético bien contextualizado: ni el shopping ni la periferia ocupan tu atención imaginativa, sino el sobrante, el detalle que no encaja. O lo que falta, la nada, la falla, como vos mismo señalás, es lo que te interpela de la ciudad, “esa grieta entre lo verdadero y lo falso”. ¿Se sigue amando a la ciudad porque se mantiene ilegible?
—Temo que si me pongo a dialogar con la lectura atenta que introducís antes de la pregunta, y cuyas apreciaciones comparte, la respuesta sería interminable. De momento, reenvío a la lectura del poema de Baudelaire, “Una Carroña”. O a repasar la página número 238 de “El río sin orillas” de Juan José Saer... En cuanto a la pregunta concreta que formulás, yo la respondería con puntos suspensivos y un suspiro...

Publicado en diario digital Redacción Rosario, Rosario, 7 de septiembre de 2009, http://redaccionrosario.com/noticias/node/5289

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